
En estos días, dos mujeres que forman parte imprescindible de mi vida cumplen años. Mi madre, noventa y uno. Mi nieta, tres.
Ambas, vivas. Ambas en su tiempo. Ambas aprendiendo constantemente. La pequeña, practica inexorablemente la vocación innata de ilustrar los caminos de su mente con circuitos neuronales nuevos y a la vez repetidos generación tras generación: comer, andar, hablar, leer, nadar… La anciana sintetiza el inmenso arsenal de sus conocimientos, los analiza, saca conclusiones, desecha los banales, reitera los importantes…
Ambas están aprendiendo a vivir.
Dice la escritora y médico Marlo Morgan en su polémico libro “Las voces del desierto” que todos deberíamos tener dos vidas: una que nos sirviera para aprender, y otra para vivir según ese aprendizaje. Y yo creo que es cierto. Sería estupendo poder rectificar todas las equivocaciones, conseguir sin desviaciones todos los objetivos, conquistar sin traspiés todas las metas… ¿Quién no ha dicho más de una vez, “si hubiese sabido lo que iba a ocurrir no lo habría hecho”? Ese condicional, ese “si hubiese sabido” oculta la fantasía universal de volver a vivir la misma vida, pero con todo el bagaje intelectual y emocional que se adquiere con los años.
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Ven a vaciar tus copas de sol en mi camino.
Pablo Neruda
Se apagan las luces de la sala del cinematógrafo. Un instante de silencio, y la música aparece lenta y progresiva, creciendo en el susurro como el jadeo de las olas de un mar fatigado. Inspiro hondo, me conecto al respirador de lo fabuloso, y vestida de luto, viuda por unas horas de mi misma, de la que fui, reconozco mi pecado adolescente aún irredento: amo a Michael Jackson.
Amar a un artista, confesarlo con la desvergüenza, el descaro y la inocencia de un niño, es propio de un fan. Aunque en su origen esta palabra proviene del inglés “fanatic”, en español, “fanático”, el Diccionario de la Lengua Española la define de una forma menos extremista. “Fan: admirador, seguidor de alguien, entusiasta de algo”.
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Debes venir siempre a las cinco-dijo el zorro al príncipe-.
Así, ya desde las cuatro, mientras espero, estaré alegre.
Le petit prince. Antoine de Saint-Exupéry.
Para los que hemos recibido una educación judeo-cristiana las tres virtudes teologales –fe, esperanza y caridad- son las vías más directas para acercarse a Dios.
La fe, creer sin ver, aceptar sin evidencia, es la más difícil de cultivar por el médico. Cuando el paciente pregunta -¿porqué?- y no tenemos respuesta, la fe, cualquier fe, se tambalea. Saltar los charcos de oscuridad que nos encontramos entonces es empresa propia de campeones. La palabra “idiopático” es el único eufemismo discretamente eficaz a la hora de cubrir nuestra ignorancia y nuestra decepción.
Ampliar publicaciónEl que sufre, tiene memoria.
Cicerón
Hay muchas clases de fiebre. Los diccionarios hablan de destemplanzas de temperatura y de aceleraciones del pulso y la respiración, de ardorosas agitaciones del ánimo en el vértice de la ciclotimia, de vehemencias y desasosiegos morales. La fiebre de la infección, la fiebre del oro, la fiebre del amor, la fiebre literaria, la fiebre de los fanatismos, la fiebre del sábado noche…
Ampliar publicaciónEl futuro nos tortura y el pasado nos encadena.
He aquí por qué siempre se nos escapa el presente
Gustave Flaubert
Sentada en un velador, mirando por la cristalera del antiguo café en el que nos hemos citado, espero. El cielo gris del otoño madrileño parece el fondo de un cuadro de Stephen Sharnoff, encapotado y ceñudo. Un aroma de melancolía se evapora de las tazas calientes. Pienso entonces en la plenitud absoluta de esos minutos de espera. En esa burbuja de tiempo en la que estoy sumergida, en la que entrará mi amiga dulcemente, y en la que nos desplazaremos indolentes y complacidas, absortas en una conversación intrascendente, aprehendidas por la banalidad, mientras el mundo a nuestro alrededor habitado por esclavos del estrés urbano, galopa presuroso y atropellado.
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