
La salud mental tiene que ver con el estilo de vida, con la alimentación, con la vivienda, con el trabajo, y de forma fundamental, con la manera en que se afrontan los problemas y conflictos que conllevan el hecho de existir. Lo que sentimos hacia nosotros mismos configura en gran medida el equilibrio de nuestra mente. Pero la interiorización de las normas sociales y los valores culturales que estipulan cómo debemos ser, a veces se transforman, si no se cumplen adecuadamente, en obstáculos psicológicos que impiden sentirse bien con la propia vida.
En nuestro cuerpo, las enfermedades de la piel, accesibles siempre, llamativas a menudo, desagradables frecuentemente, son una barrera hacia la calidad de vida integral, hacia la armonía psíquica. El camino de la piel a la mente, se convierte así, en una vía aberrante y facilitadora de las alteraciones mentales. El acné, la psoriasis, la dermatitis atópica, el vitiligo, la alopecia, son las enfermedades cutáneas en las que con mayor frecuencia se enlazan alteraciones mentales.
La alopecia de la mujer ha recibido por parte de la sociedad y de la ciencia, mucha menor atención que la del varón. No deja de ser sorprendente cuando es obvio que la importancia estética del cabello alcanza en la mujer un nivel extraordinario. Es quizá el paradigma imprescindible de la belleza femenina. Un hombre calvo puede ser aceptado y valorado. Pero una mujer calva, siempre conturba el ánimo de quién la observa: compasión, curiosidad, burla… Pero nunca indiferencia.
El sufrimiento moral que ocasiona la alopecia en la mujer, puede ser profundo, intenso, doloroso. Y es obligación del médico, del dermatólogo en este caso, curar, mejorar, o al menos consolar.
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