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¿Estamos graduados?

Publicado en Dermactual. Enero - Febrero 2012; 21: 23

Puntadas con Hilo
Desde lo alto de la tribuna la visión del gran anfiteatro de la facultad de Medicina es panorámica. Los ciento quince recién licenciados delante y en el centro; a los lados y detrás, familiares y amigos. Todos vestidos de fiesta. Todos expectantes, ansiosos, llenos de emoción, embriagados de felicidad.

Los miro desde mi asiento privilegiado de profesora universitaria. Identifico sus rostros, recuerdo algunos nombres, me hago cómplice de sus guiños, sonrío. Es su graduación.

El objetivo se ha cumplido, la culminación se ha alcanzado. –“Ay, doctora Guerra, ya soy médico!”- me dicen cuando les impongo la banda y les doy el diploma. Me turba su abrazo entre contenido y entregado. Yo no lloro, pero en mis mejillas se mezclan ciento quince lágrimas mucho más poderosas que las mías. Es su momento de gloria. Aún no son arrogantes, ni cínicos. Esperan del mundo la canonización de sus sueños, porque ya –y eso lo justifica sobradamente- ¡se han graduado!

Les miro con ternura y recuerdo los cuentos infantiles que formaron parte de mi educación más inocente. “…Y se casaron y fueron felices y comieron perdices. Fin.”- decía mamá. Y yo siempre preguntaba: -“Y después, ¿que más pasó?”
Ahora, transcurridas décadas de exaltada ignorancia, tengo la respuesta: la graduación no existe. Nuestras metas vitales se rigen por una ley similar a la del efecto fotoeléctrico de Einstein: cuando la puerta del ascensor se va a cerrar, siempre entra el rezagado que la abre de nuevo. Porque si ya sabemos de Medicina, nos faltará por comprender la segunda ley de la Termodinámica, o precisaremos adquirir la sutileza suficiente para penetrar en la mejor metáfora culteranista de Góngora. O tendremos que aprender a envejecer, a aceptar, a perdonar…

También sé que algunos viven sin un sueño que llevarse a la boca, o que cuando lo vislumbran se meten los dedos. No importa que estos sabios abatidos, escépticos, anoréxicos emocionales, afirmen que la ilusión y el apasionamiento por la existencia están obsoletos. Incluso puedo admitir que algunos valores estén haciendo agua. Pero no hay peligro de naufragio. No mientras otros tengamos pendiente la peregrinación hacia la graduación infinita de la vida. La ceremonia avanza Una nube de luz fosforescente explota sobre nuestras cabezas. La invocación a la oratoria surte efecto. Discursos. Agradecimientos. Recuerdos. Propósitos.

Cantamos todos juntos el Gaudeamos igitur. Un improvisado perfume de orgullo se extiende sobre nosotros.

¿Orgullo he dicho? Si. Pero yo sé que esa vez no es pecado.

¿No creen? Pues eso.

Puntadas con hilo
© AURORA GUERRA ·

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