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Meteoro en la huella

Accésit al Premio de Poesía Antonio Machado 2011 de la Fundación de Ferrocarriles Españoles.

Es la última estación.
Más allá, la vía muerta
difuminada entre las hierbas
disfruta en el concierto de la nada.
Envidio su paz, su desmemoria
de carbones y maderas,
de maquinistas y motores.
Sus emociones vacuas
desvanecidas como el vapor
de las primeras caravanas de hierro,
su amnesia feliz y consistente.

Hace un día extravagante.
El aire parece hecho
de jirones de seda
que se columpian voluptuosos
en los estribos de los vagones.

La mentira y el amor,
la sustancia de la vida.
tolerantes con la paradoja
se abrazan
en el arcano de mis recuerdos,
dibujando
un bajorrelieve hambriento y remoto.

Se cruzan y se entrelazan
mentira y amor,
como las traviesas de madera
sobre los campos de balasto
del camino ferroviario,
mientras la rosa apocalíptica
de tu adiós
palidece aún en mi mano.

Te vas
después de tanto amor,
en una refriega de besos,
en una masacre de caricias,
al tiempo que bebemos los dos
a borbotones
la sangre que nos mana al separarnos.

El tiempo sin ti se hace pequeño.
Ya no me caben siglos
en las horas.

Detrás del brillo centelleante
de los rieles
adivino un pozo dolorido,
como ese rincón oscuro
en el que habitas,
cuando tus ojos
se vuelven hacia dentro
y se recogen.

Tus ojos,
antes
pámpanos de luz enardecida,
se han quedado lejos,
tendidos al sol
de la catenaria inhóspita.

Tus ojos
que fueron
mi vista,
mi destino,
mi lujuria,
mi negligencia,
mi diligencia,
mi frontera,
mi candado
y mi cerrojo.

Tus ojos
verdes y transparentes,
húmedos y soberbios,
seguros en el adiós
tan bien fraguado,
aleteando
sobre la cometa de hierro
como la mariposa mecánica
de un dios niño.

Pienso en tus ojos
perdidos para siempre,
y el tren,
nuestro tren,
escondite de amores imposibles,
refugio de literas embozadas,
mordaza de conciencias parlanchinas,
útero roto de pasiones,
dudas
y tibiezas,
ya no me consuela.

Me aleja de ti
con la contumacia de la araña,
tejiendo su tela
sin retroceso, sin tregua,
recostado mi equipaje de sed
y mi desmayo
sobre su lecho de moqueta
alexitímico.

Mi tristeza descalza
golpea las ventanillas,
estación tras estación.
Insiste
con la persistencia del bobo,
con la obstinación de la ola,
con la estulticia
del rebote absurdo de un tentetieso.

Mi amargura rebosa
sobre el techo de plástico y acero,
sobrepasa el vagón
y el horizonte,
penetra en los túneles,
desborda sobre las vías,
absorbe apeaderos,
inunda consignas y maletas,
confunde viajeros y fantasmas,
se sienta en las salas de espera
y barniza andenes y taquillas,
convertida en la lava gris y violeta
de un volcán de nostalgia
entre nubes de limbo.

Los pórticos y las ménsulas
me sobrevuelan
mientras recito
el abecedario de las estaciones,
el cuerpo erguido,
abierto de par en par
buscando otro final
para mi historia.
Una garganta
de férreos engranajes
entona un gorjeo monótono
de ave cautiva,
mientras el furgón de cola
hace los coros
con su sordo y redondo traqueteo
de hierro contra hierro.

¿Qué sonido
hace la mano
que aplaude sola?

Deseo que no acabe nunca
este viaje a ninguna parte.
Respirar todavía y para siempre
el suspiro tierno que se escapó
de tu garganta,
involuntariamente,
apenas un segundo
antes de tu despedida,
y que flota
frágil,
atónito
y desconcertado
entre mis labios, ahora de hielo.

Pero el tren me lleva
inexorable,
impersonal y exacto
a la estación término,
donde no puedo ver ya
tus ojos de mariposa encadenada.
El vaho en el cristal
dibuja
un esfumato
de paisajes
que corren de mi mano hacia mi fin,
perdida
la posteridad y la inocencia.

Aunque quizá
es este el momento del comienzo.
Nacer a un nuevo sino.
Borrar el sello
de tu mano en mi cintura,
suturar las heridas negras,
envolver el alma con cuidado,
y empezar otra vez.
Sonreír a la esperanza,
apretar los dientes
y dar un primer paso.

Porque al fin y al cabo,
la última estación
es también siempre
la primera.
Solo hay que dar la espalda,
girar el cuerpo,
cambiar la dirección de la mirada,
y comenzar
otro largo recorrido.

Y vivir.
Siempre vivir.
Es la última estación…
No.
La primera.

Quiero creer.
Quiero creer.
Quiero creer.

Pero...
¡Tus ojos!

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