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Por eso soy tan besucona

Alfonso Hombrebueno González-Guerra

Con el paso del tiempo la memoria se comporta como una eficaz ama de casa, soberana de un piso pequeño y con escasez de armarios, cuando se enfrenta a la sobreabundancia de vestuario: con acertado criterio elimina lo mas antiguo, salvando de la limpieza lo más valioso tanto desde el punto de vista económico (el visón) como desde el punto de vista sentimental (el traje de novia).

Así sucede que, si pudiéramos ver en una película los recuerdos de nuestra infancia que perviven en nuestro cerebro, nos sorprendería encontrar que solo quedan una serie de imágenes yuxtapuestas e inconexas, a modo de moderno video-clip: el juguete tan deseado, el sofocón del suspenso inesperado, la primera vez que vimos el inmenso mar, o la Noche Buena en la que por fin nevó, como en las postales y en los cuentos.

En mi video-clip personal, lleno de aventuras, muchos gozos y escasas sombras (siempre recordaré con pavor a aquel practicante tenebroso que desinfectaba en el alcohol llameante la jeringuilla, mientras yo apretaba los glúteos en un vano intento de crear una coraza inexpugnable a la aguja), en esa sucesión de imágenes de mi memoria prehistórica, aparece una que no encaja. Es una niña seria, inmóvil, casi desdibujada, que observa siempre en segundo plano, como si fuera una “extra” sin frase, la fascinante acción de mi película.

Pero yo se bien quien es. Esa niña –¡pobre!, ni siquiera recuerdo su nombre- era una alumna más de mi clase de párvulos. Tenía siempre el uniforme -gris con rayas verdes que dibujaban cuadros- impecablemente limpio y planchado; su caja de lapiceros era la mas grande (¡y metálica!) con la consiguiente envidia de las modestas usuarias de los Alpino en caja de cartón; su bocadillo de media mañana tenía mas chocolate que el de ninguna de nosotras. Poseía, materialmente hablando, todos los motivos para ser feliz. Recuerdo también a sus padres cuando venían a buscarla por la tarde, a la salida del “cole”. Padres impecables, guapos, ricos. Padres que la cogían de la mano, y silenciosos y fríos la ayudaban a subir al coche con chofer que esperaba en la puerta. ¡Que diferencia con los bulliciosos encuentros de las otras niñas llenos de achuchones tiernos, regañinas cariñosas, caricias y besos!

Precisamente los besos ocupan un lugar privilegiado frente a todos los demás elementos de la relación amorosa entre los seres humanos. Son los únicos que no pueden ser reproducidos artificialmente. Una voz dulcemente susurrante, un gesto afectuoso, puede ser recibido fuera de tiempo y lugar por obra y gracia de los modernos sistemas de audio, video o a través de los canales internaúticos. Pero un beso, una caricia, solo puede existir si se da la hermosa confluencia, la dulce conjunción de la piel que ama con la piel amada.

La falta de amor –de besos, de caricias- puede ser un maltrato mucho mas doloroso que una agresión física (1).

Hoy sé que aquella niña sin besos era una pobre niña rica, de piel intacta y maltratada.

 

Yo amo a los niños. Yo odio los malos tratos.

Tal vez por eso, soy tan besucona.

 

(1)- Maltrato infantil: acción, omisión, trato negligente no accidental, que prive al niño de sus derechos y su bienestar, que amenacen y/o interfieran su ordinario desarrollo físico, psíquico y/o social, cuyos autores pueden ser personas, instituciones o la propia sociedad.
Documento técnico de Salud Pública n° 22. Consejería de Salud. Comunidad Autónoma de Madrid.
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Narrativa
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